Burka
Este fin de semana ha aparecido en El país un artículo sobre la situación de las mujeres en Afganistán. Como no podía ser menos, sigue dando martillazos en el mismo clavo: el burka. Al leerlo, me he acordado de Osama, la película más dolorosa que he visto en mi vida, la que más desasosiego me ha dejado jamás, y eso que he sufrido en muchas ocasiones con el cine, casi tantas como las que he pensado en mi condición de burgués que permanece inmóvil ante los horrores del mundo. Por muy comunista que me sienta, por mucho que mi única religión sea la que busca emancipación social, no deja de perseguirme la idea de saberme inútil para cambiar el estado de las cosas y, aún más, la de sentirme hormiga en medio de un erial donde, como dice Saramago en ese mismo periódico, no somos pesimistas sino personas bien informadas. En Osama, el terror es lo mismo que la vida, y viceversa, cada minuto de la vida de una mujer es un minuto de terror, el peor de todos los terrores: el cotidiano. Dice el artículo que hubo un momento, tras la invasión soviética, en que las mujeres volvieron a la calle, a las universidades, a vestir con faldas, a conducir coches... cosas tan básicas e incuestionables aquí. Fue, tal vez, el único trozo de la historia donde ser del sexo femenino no equivalía a ser esclava. Sin embargo, cuando la locura norteamericana empujó a los talibán a tomar el poder, lo primero que éstos hicieron fue violarlas. Contradicciones y casualidades. El enemigo comunista dando la luz de la libertad a las mujeres. El amigo talib convertido en enemigo del Imperio. Y Osama, la chica de la película, con el mismo nombre que Bin Laden. Y yo aquí, sentado, avergonzado de ser izquierdista de café.
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