16.8.06

De palabras, ruedas y emociones

Hay frases que no se dicen y que, al no decirlas en un momento concreto, ya no podrán repetirse y generan arrepentimiento eterno. Hay otras en las que sucede justo lo contrario: por decirlas, ya no podrán desdecirse nunca más, porque no volverá a llegar ese espacio perfecto en que romperlas y dejarlas al pairo del olvido. También esas generan arrepentimiento. Por suerte, hay frases memorables, pronunciadas justo en el sitio y ante la persona adecuada.
Todos recordamos ejemplos de cada cual. El paroxismo llega en situaciones como las descritas en aquella canción de Astrud, donde se habla de borrar todo lo mencionado a lo largo de una relación entre dos personas, yendo frase por frase desde la primera a la última, con la paradoja final de, también, desdecirse de esas últimas palabras y volver al principio: repetirlo todo de nuevo. Pero estoy hablando de una idea que sólo puede partir de mentes enfermas –en el mejor de los sentidos de la expresión- y que genera un camino circular, de ida y vuelta, donde todo comienza y acaba y el destino no es más que un punto de partida y llegada, como en la rueda del poema de León Felipe.
Con las emociones, sin embargo, no ocurre lo mismo, aunque muchas de ellas sean fruto de las propias palabras. Tal vez no sean exactamente iguales, pero eso no impide que la fuerza que generen sí lo parezcan y disfruten o sufran, probablemente porque ese terreno depende más de la situación en que cada cual se encuentre a nivel intelectual o químico, y eso nos convierte en ciclotímicos respecto de ciertas sensaciones. A mí me sucede a menudo, sobre todo cuando estoy solo. La última vez fue el sábado pasado, a media mañana, haciendo zapping. Casualmente, y casi sin interés alguno, me paré en un concierto que una orquesta dirigida por Daniel Baremboim daba en la Plaza Mayor de Madrid. Sonaba la novena de Beethoven, sinfonía que soy capaz de tararear de memoria desde los trece años, y que, sin embargo, en ese momento tonto del mediodía me dejó los ojos enjugados de lágrimas y un maravilloso nudo en la garganta, así, sin premeditación ni alevosía, simplemente dejándome llevar por uno de los momentos sonoros más hermosos de la historia de la música.
Cuando estudiaba en el instituto, a principio de los ochenta, solía levantarme a eso de las cinco de la mañana para estudiar. Recuerdo perfectamente mi habitación, el pijama de invierno que llevaba, el radiocassette Sanyo con Radio 2 (ahora Radio Clásica), la lamparita iluminando mis apuntes. En aquellos tiempos mi vida no se parecía en nada a la de ahora y, sin embargo, hay momentos de entonces en que la fuerza de las emociones son idénticas, parece que salen de ese letargo de la vida cotidiana y te dicen “eh, aquí estoy, ¿dónde has estado tú todo este tiempo?”, y tú simplemente tienes ganas de responder “en realidad, nunca me fui, quizá más bien sea que me abandonaste”. Pero claro, hacer eso y decírtelo a ti mismo es como dar otra vuelta más a la rueda. Suba o baje.

Posdata: Y si me pongo a pensarlo, incluso el pudor me permite enumerar aquí un montón de últimas secuencias que forman parte de mi, digamoslo así, emocionario particular:

  • This charming man, título de mi entrevista en Punto Cultural. Quien pensó en ese título no sabe lo que me hizo sentir al leerlo.
  • La publicación de uno de mis cuentos en el recopilatorio de la Biblioteca Municipal.
  • Ver a Depeche Mode en directo.
  • Algunas personas que, sin conocerme de nada, me han parado por la calle para saludarme y darme ánimos. Aún más: personas que han venido a buscarme con un recorte de periódico en el que aparece algo escrito por mí y me han dicho “he venido a conocer a la persona que ha escrito esto”.
  • Las lágrimas de Carlos Benítez en su despedida como concejal. Y las palabras que pronunció sobre mí en ese momento y otras que ha dicho posteriormente.
  • El último disco de Françoiz Breut.
  • Que un viejo amigo me haya asegurado que aún conserva como oro en paño un dibujo que hice en 1992.
  • Haber leído El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez.
  • Algunas palabras al azar de Fran Ricardo, Mónica Svetlana, Rosa Montero o Pilar Bohórquez.