17.8.06

Gimnopedias

Reconozco mi debilidad por Francia, por su arte, su cine, su música, su literatura y, también, por su rebeldía de ahora y de siempre. Siempre he dicho que me gustaría dejarlo todo y largarme a París, ser parte de ese epicentro del mundo que representa para mí la ciudad donde pasearon Eric Satie y Debussy y Fauré; donde una vez, hace ahora diez años, vendí mi alma al diablo buscando a la Julie de Kieslowski en Bleu (mi particular forma de vivir el idealismo); donde poder escuchar, desde dentro de mí mismo, las canciones de Benjamin Biolay, Dominique A, Bertrand Brest, Experience, Autour de Lucie, Françoiz Breut... No, no soy imparcial. Cuando voy al cine (Avenida, claro) siempre me quedo con la película francesa que pongan. Cuando veo un libro de Michel Houellebecq, lo compro. Nunca experimenté tanta emoción en todas direcciones como en el Museo de Orsay, ni me leo entera otra prensa que Le Monde Diplomatique. Eso no me convierte en una especie de extraño nacionalista: tampoco sé qué sería de mi forma de comprender la vida sin la Islandia de Björk, el Manchester de The Smiths o New Order o el Circulo Polar de Los Amantes... Pero hasta la mayoría de las composiciones de Preisner, que es polaco, están concebidas para la existencia de un mundo donde la excepción cultural habla en francés. C’est la vie.