30.9.06

Nunca estuve allí

(Crónica no autorizada del Recital de Música sacra organizado por La Semana)

Dios no existe, pero a veces dan ganas de creer en él. Esa fue la sensación que me arrebató ayer durante la hora que estuve oyendo el recital de la Coral Regina Coeli en la Parroquia del Divino Salvador, y también durante el tiempo que transcurrió en el coche, Marisol y yo en silencio, camino de casa. Luego esa sensación se fue desvaneciendo poco a poco, sobre todo porque, compromisos mandan, un rato más tarde ya estaba en un acto carnavalesco organizado por la peña de Ibarburu, donde, por cierto, me encontré a un montón de gente que había hecho lo mismo que yo.
Oír música religiosa en una iglesia de un barrio pobre tiene su morbo. Primero, por el público, mayoritariamente de la zona, de edad avanzada, comprometido con el cura rojo que lo mismo da misa que se arremanga en la calle para intentar solucionar los problemas de su gente. Segundo, porque, sin quererlo, La Semana había organizado un acto para minorías en el mismo instante en que el ayuntamiento estaba celebrando la final del concurso de clarinete. Y tercero, porque uno no sabía si en cualquier momento iba a sonar un móvil, un aplauso fuera de lugar o algún que otro diálogo de sordos. Reconozco que el resultado fue digno de elogio.
Con un repertorio casi pop, la Coral Regina Coeli hizo lo que tenía que hacer y lo que se esperaba de ella: piezas breves, fáciles de oír, interpretación a la medida de sus posibilidades y un director que sabía cuándo tenía que volverse al público para indicarle que se podía aplaudir y cuándo darle la espalda para que todo el mundo siguiera callado. Y también, un final tipo single: el Aleluya de Haendel, pieza que hasta los niños conocen. Además de eso, La Semana cumplió con su parte, tanto con Cecilia (preciosa) haciendo la recepción oficial, como con la elección del lugar, como con la intervención de José Joaquín en el momento final. Se lo dije al final a José Luis: “me parece increíble que, tal y como está la cultura en Dos Hermanas, hayáis organizado esto y, encima, os haya salido estupendamente”.
Que se repita. Uno no está acostumbrado a estar cerca de Dios. Aunque sólo sea durante unos cuantos minutos. Aunque Dios, para el caso, esté personificado en seres divinos como Bach, Haendel o Kodaly.

27.9.06

Pásalo

Una vez, hace mucho, oí esta frase en un programa de Radio 3: “La dictadura no acaba cuando llega la democracia, existen pequeños fascismos que no necesitan grandes campos de concentración”. La he mencionado en muchas ocasiones, y la repito aquí ahora.
La dictadura de las pequeñas cosas tal vez no mate, pero corroe. Su daño no te lleva a la cárcel ni produce tortura física, pero enferma cada paso que das por la vida, es una especie de prisión interior que cambia tu percepción de todo lo que te rodea. Su virulencia no hace sangre, pero sí agrieta la conciencia y crea ansiedad y contradicciones y falta de credibilidad en el ser humano.
Quienes me conocen bien saben que me duele decir estas cosas, pero es el momento de decirlas, aunque me duelan. Hay que acabar con estos como sea. Y digo como sea, incluso con la venda puesta y la nariz tapada, incluso poniéndoles buena cara y sonriéndoles y diciéndoles aquello de “lo estás haciendo muy bien, muy bien”, incluso desconfiando de mí y de los otros y de los de más allá. Basta de resignaciones y de lamentos, basta de creer que no es posible arrancar de cuajo este cáncer. Hay que botarlos, de una vez por todas. Esta es la consigna, una consigna sin nombres ni apellidos ni siglas ni ideologías. Aunque sólo sea por higiene. Hay que botarlos. Hay que botarlos. Hay que botarlos. Pásalo.

26.9.06

The other side

Me pregunto cuántas horas del día dedico a lo que quiero ser y cuántas a lo que los demás esperan que sea. Es una pregunta retórica, porque nunca me paro a pensar la respuesta, porque sé que la vida mancha, pero por dentro.
Me levanto a las siete y cuando salgo para el trabajo ya no pongo las noticias en el coche, sino música. Hoy tengo a Boards of Canada. Ése es el primer momento, nadie me ve, yo sólo ante mí mismo, como en el camino de vuelta al ayuntamiento para una absurda reunión de diez minutos (y menos mal). Me pregunto por qué corro tanto si sólo yo soy puntual. Sobre la mesa de mi despacho tengo un montón de convocatorias que apuntar en la agenda, una agenda nueva que me han dejado porque perdí la última. Hablo con mis camaradas de la reunión de ayer y tengo que animar a la gente, a una hora del mediodía en que ya estoy cansado. Ayer me preguntaron que si tenía el colesterol o los triglicéridos altos, porque eso provoca cansancio. Pienso que necesito un año sabático, o dominguítico, precisamente ahora. O lunático, mejor aún.
Salgo del ayuntamiento a las dos y entro a las tres en el trabajo. Comida rápida y café para bostezar menos. Carlos me dice que necesito comer bien, tener un hábito propio de candidato. Le respondo que si soy como los anteriores candidatos de Izquierda Unida, lo más probable es que pronto me dé un infarto. No jodas, responde, y me hace reír: ahí también soy yo.
Escribo esto pensando que cuando tenga mi web no podré decir estas cosas. O sea, que aquí vuelvo a ser yo. O no: tal vez yo sea el resto.

25.9.06

Beauty

A veces te topas con gente que parece haberse levantado escuchando I wanna be adored de The Stone Roses. Gente como ese director de banco tan floripondiado o como ese otro prohombre político con el guapo de Corte Inglés subido para ir a alguna de sus reuniones con quién sabe cuál otro más grande prohombre político de la Junta. Personas que decoran su vida al estilo de Julio Iglesias, que convierten la ciudad en un inmenso plató de anuncio publicitario. A mí no sólo no me molesta verlas por la calle, sino que las admiro por mostrarse cual actimeles vivientes y por irradiar sus buenos días en los desayunos del Jaula. Hay quienes se dedican a mimar sus jardines y hay quienes se sienten jardimanes, y esto, ni que decir tiene, tiene su rollo de encanto.
Los envoltorios importan, porque vivimos en la era de la imagen, en la que, si no eres guapo (o guapa), lo mínimo que tienes que hacer es estar guapo (o guapa). Es una cuestión de supervivencia de la autoestima que todo el mundo, en mayor o menor medida, intenta cuidar para no caer en el saco de la indiferencia ajena. El problema viene cuando el aspecto exterior es lo único que puedes ofrecer, cuando la epidermis camufla el vértigo del vacío más abismal.
Si algo aprendí desde muy joven es que la belleza formal sólo tiene el encanto de lo inmediato, que es como las bebidas gaseosas: cuando quitas el tapón, sólo dura el tiempo que tarda en perder las burbujas. De ahí se explica que los peores ligues se encuentren en las discotecas, donde la imagen suple a todas las palabras. Por eso mi amor eterno, en el más amplio sentido de la expresión, a quienes siempre tenéis cosas que decirme.

21.9.06

Persiguiendo sombras

Cuando aprobé 3º de BUP mis padres me regalaron un teclado, de esos que mi amiga/jefa Marta llamaría “una pianola”. Estoy hablando de principios de los ochenta, o sea, cuando tener un teclado de coste modesto se parecía demasiado a tener un juguete. Pero yo, con 16 años, creía que iba a ser Jean Michel Jarre, y me ponía a grabar cosas y a mezclarlas en mi equipo de música Pioneer que, mira por dónde, sigue siendo el mismo que tengo ahora. El problema era que oía tanto al megalómano músico francés como a Chopín o Beethoven, y lo que me salía de dentro no era tan espacial como melancólico, triste, casi deprimente... vamos, lo que le podía salir a un adolescente que llevaba su carpeta de clase forrada con el Quijote de Gustavo Doré, cabalgando por las tierras manchegas con una lanza que, en su punta, tenía una ondeante bandera de la Unión Soviética de Gorbachov. En fin, ése era yo.
Como yo no sabía tocar con destreza, grababa primero la mano izquierda y luego la mezclaba en el casete con la mano derecha (al tiempo me enteré que los de Depeche Mode también hacían esas cosas). El resultado, con tales medios, se puede imaginar, pero lo cierto es que muchas de aquellas ideas sonoras se me quedaron mejor grabadas en la cabeza que en aquellas cintas que dedicaba a las chicas de las que me enamoraba e idealizaba como si fuesen mis Elisas, Magas o Audreys particulares.
Hace unos días conseguí el último disco de Ms. John Soda. Y en la canción que lo cierra, Plenty of, me encontré calcado en una de mis melodías adolescentes. Era igualita: las mismas notas, la misma amargura. Más de veinte años después, alguien que no soy yo había conseguido poner letra y música a una de mis asignaturas pendientes en la memoria. Alguien había atrapado antes que yo una de esas sombras a las que durante tanto tiempo he estado persiguiendo.

19.9.06

Substance 1985

En aquellos tiempos podías ir a ver a la Orquesta Mondragón sin avergonzarte de ello. Y Santiago Auserón dijo “No más Divina” al público de Las Palmeritas, demostrando así que algo se había quebrado –para bien- en la historia de Radio Futura. Poco después, la “divina” Alaska, con Dinarama, tuvo que soportar la lluvia de latas de cerveza en el Auditorio Municipal, porque tocaron sólo 45 minutos. También se llevó lo suyo el presentador del concierto, Vicente Ruiz, cuando salió a cantar las mil y una alabanzas al ayuntamiento socialista de entonces, que era el mismo que el de hoy. En aquellos tiempos llevé el primer disco de El Último de la Fila a Mamma Luna, y cuando Pepe lo puso me dijo “pero chiquillo, esto qué es”...
...Todas estas cosas se las he contado a mucha gente más joven que yo cuando hemos hablado de la no movida en la Dos Hermanas de ahora. La realidad es que tampoco fue gran cosa, que sólo se trató de un puñado de personas que se reunían en los mismos sitios a según qué horas, juventudes que estaban muy politizadas con el tema de la incipiente democracia y el rechazo a la OTAN y el comienzo de la caída del PCE en las urnas, que recibían influencias de la movida madrileña, que tenían sus rollos con el teatro, el cine o la música. Años convulsos, de desencanto, de creerse auténtico o anténtica. Años en los que el cartel “La cultura hace libres a los pueblos”, puesto por los comunistas en la Venta Las Palmas, fue sustituido por el caballito con el jinete y la flamenca. Años en que Radio Aljarafe era un ejemplo para Radio Realidad. Años en que se presentó el G.U.A.I. a las elecciones municipales, en que existían la LCR y Aedenat, en que aún podías oír a Joy Division y disfrutar de sus depresiones existenciales.
Si algún día escribo un libro, será sobre esa época. No porque la eche de menos (a fin de cuentas, ahora vivo mejor y más feliz), sino porque en aquellos años quisimos cambiar el mundo, aunque luego fuese al revés.

18.9.06

London calling

Nada como planear un viaje para acabar con la melancolía del domingo. Nada como disfrutar de una tarde con amigas y amigos en las cafeterías de ambiente para echar atrás las esquirlas que va dejando el sol del membrillo al atardecer. Nada como añadir gente nueva a la cesta emocional del camino de la vida.
Qué interesante suena decir que vives en Oxford.
Qué divertido será ir en comandita a Londres.
Qué emocionante pensarme rodeado de West End girls.
Qué fuerte eso de poner una foto de la Pantoja en la tumba de Marx.
Qué hermosa suena Weekend, de Ladytron, a la vuelta a casa.

17.9.06

Si te paras, pierdes

Me gusta la gente que quiere llegar al final de una escalera para encontrarse y subir otra escalera nueva. El sexo gestual, la apariencia como forma, el deseo como método. Prefiero buscar lo que se esconde detrás de los motivos a recoger las ideas al vuelo, el juego antes que su causa, la causa antes que las palabras, las palabras antes que la imagen. Nadie es capaz de mostrar lo que tiene sin responder con preguntas. Que me digan adiós cuando aún no me ha dado tiempo de pensar si tengo algo para echar de menos, que me saluden con la mirada perdida y en silencio. Basta de lamentos, de romanticismos inocuos, de poses nostálgicas, de vivir esperando. Hay que dar pasos, pues, aunque no sean certeros. El arrepentimiento es el último recurso, la huida, la miseria, la peor de las recompensas. Me gusta la gente que rueda por las escaleras y vuelven a ponerse en pie para intentarlo de nuevo.

16.9.06

Track List de La Ciudad Interior

14.9.06

Estatua de sal

Tal vez no encuentre lo que busco, pero no renuncio a buscarlo. Tal vez sería más cómodo descansar en casa, viendo cómo la vida pasa por delante de mis narices igual que en una serie de televisión. Tal vez sea cierto que no puedo cambiar el mundo yo solo, ni siquiera con unos cuantos, ni siquiera con miles... tal vez, aún lográndolo, el resultado fuese aún peor. Porque es probable que la mitad del mundo rico precise de una contrapartida en la pobreza de la otra mitad. Porque a lo mejor es ley de vida y supervivencia que exista otro yo que paga con desgracias mi felicidad, con su vacío mi lleno, con su hambre mi opulencia de buen occidental. Quizá mi rebeldía sea en balde y mi empeño un callejón sin salida. Pero sé que si me quedo sentado, esperando, renunciando, creyendo en lo inevitable, en la mano invisible que lo mueve todo, entonces ni tan siquiera me encontraría a mí mismo, me miraría al espejo y sólo vería una sombra, una sombra irreconocible, casi transparente, el enemigo interior.
El amor no compartido es una hemorragia.
(Michel Houellebecq, La posibilidad de una isla, 2005).

El horror

Tengo clavada esa imagen desde que la vi ayer. El amo dando palos al perro hasta matarlo, el pobre animal –un pastor alemán- gritando en el suelo. Los amigos del amo aplaudiéndole a la entrada del juzgado. Me he visto llorando a lágrima tendida y ahora no sé ni qué escribir sobre eso. Pobre animal, joder. Pobre viejo, asesino y enfermo, pobre sociedad, enferma terminal.

Anthagonia

13.9.06

Terapia de grupo_individuo

La mañana del primer día de septiembre me reuní a solas con todos los que somos yo. Me_Les dije: “Chico_s, tenemos_tengo que reflexionar acerca de lo que he_mos sido desde que nacimos_nací y, en función de las conclusiones resultantes, decidir qué queremos_quiero ser de hoy en adelante”.
- ¡Uf, qué complicado! –dijo mi yo perezoso.
- ¿Y por qué no lo hacemos al revés_vesre, y empezamos por el futuro? –propuso mi yo ambicioso.
- Sobre todo, hay que recapitular los excesos, que ya no somos_soy un_os crío_s –advirtió mi yo hipocondríaco.
- ¡Pero bueno, si lo mejor de todos estos años ha sido los excesos, precisamente! –respondió mi yo baconiano.
- ¿Y por qué no echamos_echo mano de los diarios? –musitó mi yo literato.
- Eso sería una pérdida de tiempo –aseguró mi yo práctico.
- ¡Basta, basta! Hay que analizar la situación con calma, desde la infancia hasta la madurez, pasando por ese tumultuoso periodo de la adolescencia... –aseveró mi yo sicoanalista.
- ¿Y qué tal si dejamos_dejo de pensar tanto en nosotros_mí, con todos los problemas que tienen los demás seres humanos? –rugió mi yo político.
- Todo lo que estáis_estás diciendo me suena fatal -tarareó mi yo melómano.
Y así, de esta guisa, fueron pasando los minutos y las horas, hasta que se llegó a una única conclusión: Estaba claro que no tenemos_tengo remedio.

12.9.06

Debilidades

Quienes me conocen bien, saben que mi timidez es una especie de coraza que me hace parecer algo distante en las relaciones cortas. Cuando leo lo que escribes, me dicen, es como si fueses otro. Soy otro, les respondo; como casi todo el mundo, por cierto. Llevamos una vida tan desconfiada que difícilmente podemos quitarnos el disfraz sin provocar el efecto contrario y de lo que se trata, en realidad, es de saber quién es realmente la persona que se ve to the other side. Y es más, hay veces en que lo prefiero así, para no llevarme más chascos de los previstos.
La timidez es, curiosamente, utilizada como ardid para los que no son tímidos. Es como si quedara bien decirlo, una especie de virtud. Quienes más presumen de eso suelen ser también las personas con más morro, las que lo utilizan para sus fines ocultos. En política, por ejemplo, es frase hecha y recurrente proclamarse tímido. Mucha gente ha llegado muy alto subiéndose a esa tabla, porque le cabe todo, desde el ninguneo a los demás hasta la torre de marfil donde ocultarse de la muchedumbre, pasando por pisar a quien se ponga por delante y a quien venga detrás. No voy a dar nombres, cada cual que diga los suyos (incluso habrá quién dé el mío, je).
Porque la timidez se sufre, no se disfruta, no tiene encantos para el que la posee. Para mí es una putada, lo reconozco, aunque lo prefiero mil veces a ser un bocazas o ir abrazando farolas. También tengo la sensación de que va por rachas, que hay ocasiones en que me meto dentro más tiempo de la cuenta y otras en las que no se me nota nada, al menos superficialmente. Salvo en la cercanía, de la que hablaba al principio, cuando alguien me dice algo comprometido o insinúa cosas de la vida privada que me cuestan mostrar abiertamente. Y en el terreno sentimental, ni hablamos.
Es obvio que tampoco soy un tímido compulsivo, que no voy por ahí escondiéndome debajo de los coches ni callando todos mis pensamientos. Pero sí soy de esos que prefieren escribirlos, con perdón por la comparación, al más puro estilo Bertold Brecht: “Debilidades. No tenías ninguna, / yo sólo una, / que amaba”.
Es decir, que esto mismo que estoy escribiendo aquí no sé si podría decírtelo a la cara.

11.9.06

Guau!

(Onomatopeya lanzada a las 17,58 h. del lunes 11 de septiembre de 2006 por el candidato de Izquierda Unida a la alcaldía de Dos Hermanas, Manuel Lay, después de oír por primera vez el disco Witching Hour de Ladytron).

Mentalismo

Un día intenté escribir del revés. Lo hice como un juego de riqueza mental, empezando por lo más sencillo para ir complicando cada vez más la práctica. Primero probé con las palabras de dos sílabas, cambiándolas de sitio: mora, en vez de amor; saca, en vez de casa; roce, en vez de cero... y así. Poco a poco fui comprobando que muchas cosas cambiaban de sentido, dejaban de ser lo que hasta entonces eran; pero no le di importancia, porque sólo era un juego.
Conforme pasaba el tiempo, iba haciendo más y más esfuerzos por aumentar el número de sílabas, lo cual supuso no ya cambiar la dirección del lenguaje, sino algo aún peor: perderlo, perderme intentando encontrar un significado que era inútil buscar, porque nadie lo había inventado y porque la vieja fórmula matemática que habla de un mismo producto cambiando el orden de los factores no era aplicable al alfabeto. Pero si bien es cierto que decir "molistamen" es no decir nada en castellano, inglés o francés, y aparece subrayada en rojo si lo escribo en word, tal vez sí sea algo esencial en alguna lengua africana o asiática, por ejemplo. Quién sabe, me dije, si hasta la palabra word, que es precisamente el nombre del programa que uso para escribir en el ordenador, aparece subrayado en la pantalla cuando tecleo las letras...
Esa incongruencia de la realidad me animó a seguir con mi esfuerzo, a pesar de que ya no me conformaba con jugar en mi mente, sino que, de vez en cuando, se me ocurrió soltar alguna de esas nuevas formas de expresión en alguna que otra conversación. Incluso llegué a dar un paso más, abandonando el cambio de sílabas y hablando rigurosamente del revés letra a letra, (artel a artel), hasta que llegué a tal dominio del nuevo idioma que ricé aún más el rizo: un buen día empecé a pronunciar, en sentido inverso, desde la última letra de cada frase hasta la primera.
Semejante locura terminó, como podrás imaginar, cuando me di cuenta de que no sólo la gente ya no me comprendía, sino que yo tampoco entendía a los demás. Me convertí en un apátrida, en creador de una tierra de nadie, en un profanador de la comunicación humana, en un animal. Había llegado a tal punto, que el idioma de toda la vida había dejado de existir, y tuve que aprenderlo de nuevo. Es obvio que lo he conseguido, porque de no ser así no podría escribir esto. He vuelto a confundirme entre el todo, he vuelto a ser parte del redil domesticado. Sin embargo, aquella sensación que disfruté entonces, la de ser uno y único, ha desaparecido.

El regusto de las canciones tristes

Que no de desamor. Esto podría ser un concurso, si no fuese porque el presente blog sólo lo conoce un número de personas que se podría contar con los dedos de una mano, o casi. En todo caso, si alguien tiene su top 10 (ó 9, 8, 7...) y se anima, que me lo anote por algún lado.

Carlos Baila, de Family.
Cero en gimnasia, de Sr. Chinarro.
Universo, de Niza.
Tan sólo por los besos, de Nosoträsh.
Me odio cuando miento, de Fangoria.
No vino, estaba enferma o de vacaciones, de Le Mans.
Paralai, de Pauline En La Playa.
Cambio de idea, de Astrud.
Blimea, de Portonovo.
Qué nos va a pasar, de La Buena Vida.

7.9.06

Emocionario

(He encontrado este texto en mi ordenador. Lo escribí la misma noche en que fuí elegido como candidato. Advierto que no es políticamente correcto, pero estoy seguro de que quienes lo vais a leer no lo tendréis en cuenta para fines indeseables).
21.02.2006
De mi padre he aprendido a contener las emociones. Una herencia mestiza, porque procede, al mismo tiempo, de lo que llevas pegado en los genes y de la visión del comportamiento humano cotidiano, sobre todo en las situaciones comprometidas. Por tanto, ni es una ciencia exacta, ni lleva manual de instrucciones, ni se consigue aplicando una técnica concreta y universal.
Tampoco es infalible, al menos en el caso de mi padre y en el mío propio.
En la asamblea de hoy, donde he sido elegido como cabecera de lista para las elecciones municipales del año próximo, Juanfran nos ha sorprendido con un discurso, roto en lágrimas, dedicado a Carlos. Eran tantas las cosas que quería expresar que, aunque apenas logró esbozarlas, todo el mundo supo entenderlas, porque en este Partido las emociones nunca han corrido separadas de las ideas, algo que ya apuntó una vez Manolo Benítez al hablar de las diferencias entre la izquierda y la derecha. A Juanfran le ha pasado con Carlos lo mismo que a Juan Antonio con Martha: desbordado de tinta, no se consigue achicar el tintero con una sola pluma y un solo papel.
Tal vez por eso prefiero resguardarme en la soledad templada de la escritura a la valiente tarea de hablar. Es una de mis técnicas para no caer en el abismo sentimental, igual que escurrir el bulto, es decir, cambiar de tema, bromear sobre algo serio o permanecer callado y sonreír. Confieso que no me engaño, que estoy amasando un concepto muy cercano a la pura cobardía y que, además, tiene efectos colaterales y secundarios, porque las emociones que nos golpean a diario, unas más que otras, no se filtran con la digestión y se convierten en inocuas. Pasan factura. Por ejemplo, cuando reprimo las muestras de cariño a la gente que quiero, cuando me muerdo las ganas de abrazar o de besar a amigos y amigas, cuando silencio frases que me corretean por las paredes del cerebro, buscando un resquicio natural para salir, y acaban muriendo asfixiadas por pura inanición. Me ha ocurrido hoy mismo, cuando José Manuel insistió en que dijese algo al final de la asamblea, y todo lo que llevo masticando durante semanas ha acabado desaguando al calor de una cerveza y unas cuantas tarvinas en la peña carnavalesca de Ibarburu.

The boy with the thorn in his side

Acabo de leer la crítica que hacen en RockdeLux del concierto de Morrissey en el FIB. Más o menos coincide con la impresión que le causó a Rosa Montero (la auténtica, no la escritora), sobre todo en lo concerniente a la decepción y el desmontaje de un mito a quien, como a todos los mitos, también le ha llegado eso que muchos llaman eufemísticamente madurez. Rosa tiene más o menos la edad que yo tenía cuando The Smiths se separaron y, como a mí me ocurre con otros grupos representativos de generaciones anteriores a la mía (Beatles, Rollings, Joy Division...), tiene una percepción más distante (en el buen sentido de la palabra) o, en un momento dado, más objetiva que yo acerca de qué aportaron en realidad los de Manchester a la música pop.
Morrissey, como Santiago Auserón, es de los que han sabido mantener el tipo en solitario sin llegar a mejorar lo pasado, algo que sólo ha dejado de suceder en casos muy contados, como el de Peter Gabriel en su etapa post Genesis (estoy refiriéndome a los discos anteriores al So, claro). Cuando se peleó con Marr y salió Viva Hate, una colección irregular pero con unas cuantas canciones buenas, bastó ver la portada de este primer trabajo para comprobar por dónde iban a ir sus tiros: en vez de fotos coloreadas de personajes que formaron parte de la peculiar mitología cinematográfica de The Smiths, es él mismo quien aparece. Después, con sus dos siguientes discos, pero sobre todo con Kill Uncle, llegó un momento en que muchos pensamos que merecía la pena dejarlo subir a los altares, porque sus canciones cada vez eran mejores y sus excesos literarios y estéticos, en cierta medida, eran perdonables y asumibles. Sin embargo, su divinidad se desbarató a mediados de la década pasada, cuando empezó a creerse Elvis Presley, a vestirse como los mafiosos, a dar conciertos por Estados Unidos y a vivir en Los Ángeles. Su condición de bocazas ya no encontraba excusa en la calidad musical de sus canciones, porque éstas se oscurecieron con tintes de mediocridad. Nunca hizo un disco malo, pero tampoco bueno, hasta que llegó You are the Quarry, hace un par de años, después de una etapa de silencio absoluto. Luego, con Ringleaders of the Tormentors, el listón ha vuelto a bajar. Ahora ya nadie se parece a él (a ellos), como antes; ahora es él quien se parece a otros, y no precisamente a lo mejor (por ejemplo, a algunos últimos discos de Suede).
Sin caer del todo, sin llorar desde el fondo del pozo, a Morrissey sí le han pesado los años, no los kilos. Jamás ha vuelto a ser aquél que durante años hizo de lo indie una etiqueta que todos los que creíamos en otra forma de concebir la música llevábamos con la convicción de que el pop era una forma de vida, de ser y de pensar, de sentir esa suave brisa llamada diferencia.
(P.D.: Dicho lo cual, que le quiten lo bailao. The Smiths for ever!)

6.9.06

Cambian los tiempos, no los mensajes

No suelo hablar de política en este blog, pero hay veces en que parece que el tiempo no pasa. Estas imágenes son de la campaña del PCE para las municipales de 1979. Hay muchas más, todas con el mismo formato, con mensajes parecidos a estos, referidos a todos los ámbitos de la vida cotidiana.
La campaña tenía como lema "Entra en el Ayuntamiento", una frase que he dicho en más de una ocasión y que enlaza con nuestros mensajes en Izquierda Unida.
Entonces no había casi de nada. Internet y los móviles eran asuntos reservados para la ciencia ficción. Sin embargo, hay cosas que siguen valiendo, que tienen vigencia, por mucho que hayamos avanzado. Sirva este flashback no como parte del juego político, sino como reflexión humana. A mí, personalmente, me ha emocionado. Y me hace sentirme orgulloso de ser comunista.

5.9.06

AnimalMinimal

No he oído Fundamental, el último disco de Pet Shop Boys. Lo único que conozco de ese trabajo es el videoclip de un single titulado Minimal, que ni siquiera pude escuchar en condiciones porque lo vi en un bar lleno de gente. Tampoco conozco demasiado de Release (2002), que no tuvo buena crítica y que me recuerda un poco al Excite de Depeche Mode, tanto en la estética como en lo fallido de unas composiciones supuestamente de madurez. Del posterior Battleship Potemkin, que fue mejor recibido, lo ignoro absolutamente todo.
La influencia de la música en mi vida, como en la de mucha gente que conozco, es tan difícil de calibrar que resulta imposible siquiera pensar en ello. En alguna que otra entrevista he puesto en evidencia que gente como Jean Michel Jarre, The Alan Parsons Project o la E.L.O., que ahora no me interesan en absoluto, me acompañaron a diario durante un montón de años, en mi adolescencia. De Pet Shop Boys, sin embargo, me llegan los primeros recuerdos de aquellos tiempos en que existían lugares como Mamma Luna, donde empecé a amarlos a raíz de un maxisingle del Wet End Girls que marcó un antes y un después (frase hecha, lo sé, pero rotundamente cierta) en mi concepción de la música disco y tecno. También entonces oía mucho a Beethoven, tanto o más que ahora, y empezaba a intuir la belleza del minimalismo a través de Wim Mertens, Philip Glass o Steve Reich, que me sirvieron en bandeja a Erik Satie y el Grupo de los Seis.
De ahí hasta ahora, el minimalismo como concepto estético me ha ido ganando terreno y casi devorando. La electrónica más elemental, por ejemplo de Kraftwerk (que en la adolescencia me aburría), ahora me apasiona. Supongo que tiene mucho que ver en eso el hecho de haber oído demasiada “clásica”, tanta como para intentar avanzar en los pantanosos terrenos de la música culta del siglo XX, empezando por Debussy, pasando por Shostakovich y acabando en Ligeti, recientemente fallecido. Y lo tribal, que es esencia del minimalismo, ha pasado de ser vulgar reiteración a fórmula matemática capaz de crear emociones persistentes y mucho más placenteras, por su profundidad, que las que encuentro y soy capaz de mirar a la cara en la primera escucha.
El videoclip de Pet Shop Boys, aunque no recuerde la música, muestra a Neil Tennant y Chris Lowe elegantemente vestidos delante de una pared con tubos de neón, haciendo paralelas y cuadrículas, jugando con el movimiento de los cuerpos. Todo aparentemente sencillo, como la obra de Sol Lewitt o como aquel concierto que dieron en el Savoy, hace diez años, con un fondo de escenario diseñado por la fotógrafa Sam Taylor-Woods. Y como siempre, nada sujeto a la improvisación: Minimal viene después, como si de una obra plástica se tratara, de un disco recopilatorio titulado Pop Art.

No mires a los ojos de la gente

El término adicción (no-dicción) lo aplicamos frecuentemente a las drogas, la cafeína, el tabaco o el alcohol. Pero el exceso de palabras o silencios también lo es. Somos adictos los que buscamos, los que necesitamos. Pasa con internet, con la política, con el sexo (muchos menos de lo que parece o de los que dicen serlo) o con la música. También con las personas que endiosamos.
De todas las formas de adicción que conviven con el ser humano, la rutina es la más importante. A veces, también, la más dañina. La rutina como hábito, como forma de desenvolverte ante lo cotidiano, que suele ser juez y parte en aquélla, que convierten nuestras agendas y diarios en fotocopias de la misma página. No estoy convencido de la certeza que pregonaba Og Mandino sobre las rutinas positivas, que están muy bien si quieres ser el mejor vendedor del mundo pero no tanto si lo que pretendes es desarrollarte como una esponja, con ojos caleidoscópicos y manos abiertas. Una persona adicta al trabajo suele ser excluyente e irritable. Una persona adicta a la política puede acabar siendo sectaria. Una persona autoadicta (esa que opina que egoístas son los demás, que no piensan en ella), aparte de sufrir la desgracia del narcisismo, es peligrosa como nada en el mundo.
Lo malo de todas estas dependencias es que generan placer y que éste, del que solemos carecer por nuestra forma de ser y estar, necesita sus persecuciones y protocolos de apareamiento continuos. Como se dice del dinero, el placer busca el placer, es insaciable. Es, en suma, otra adicción, lo cual demuestra que no tenemos remedio.

4.9.06

El tiburón y el calamar

Reconozco mis prejuicios ante el cine norteamericano. Reconozco que, cuando voy al Avenida, siempre procuro encontrar películas europeas o asiáticas o sudamericanas, y que ante carteles como Una historia de Brooklyn sólo me paro si el resto ya está visto o no me convence. Reconozco, por último, que las dos o tres cintas estadounidenses que he visto este año me han gustado, aunque ninguna (tal vez por esos prejuicios) me haya llegado del todo, salvo Match Point, que por ser de quien es ya me llevó premeditadamente a verla con simpatías.
Una historia de Brooklyn (The skid and the whale) me ha dejado con las ganas de que durase más tiempo. De hecho, cuando salieron los créditos, ni siquiera me había dado cuenta del tiempo que había pasado. Estaba tan concentrado en sus diálogos, en lo que cada personaje debería estar pensando en cada escena, que tampoco me di cuenta de que hubo un señor sentado delante mía que estuvo un rato hablando por el teléfono móvil.
Un escritor en horas bajas, ratero y algo violento. Su mujer, escritora de best sellers y con numerosos amantes. El hijo mayor, a la sombra del padre. El menor, a la de la madre. Un divorcio. El padre que se acuesta con la alumna. El hijo que se enamora de una chica que no conoce a Kafka. La madre que se lía con el profesor de tenis. El hijo menor que esparce su semen por el colegio. Una historia que podría ubicarse en cualquier ciudad occidental. Salvo en Dos Hermanas, claro.

1.9.06

Breviario

De tanto considerarme hombre de papel, de tanto empeñarme en perderlo todo, menos el tiempo, de tanto descorrer cortinas y manchar manteles, he descubierto que lo importante no está en lo que tengo, ni en lo que he perdido, ni en lo que me queda por descubrir, ni tan siquiera en esa paradoja circulante de creerme invencible. Cuando dices "tengo que irme" y no te vas. Cuando crees que te dejas algo en casa y vuelves a recorrer las habitaciones, buscando no sabes bien qué. Siempre que apareces de forma inesperada, de paso, camino de otra parte. Cuando me llamas en medio de una reunión. Cuando estoy lejos y recibo un mensaje tuyo. Cuando no me importa escribir estas palabras y sentirme cursi por hacerlo. Eso es lo importante, lo que de verdad tiene valor. Lo demás es sólo tránsito.
...
Ahora sabes que en mi interior no hay redes que te salven de la caída libre, ni trapecistas que te agarren en el último suspiro, antes de romper contra el suelo. Ahora sé que te divierten las señales de peligro y la oscuridad de los bosques, caminar sobre el cable con los ojos vendados y las manos atadas en la espalda. Ahora sabemos que me amas como aman las mujeres y que te amo como se debe amar a una mujer, dando lo que esperamos sin haberlo aprendido, cayendo dulcemente en esa trampa de la que no queremos salir. Ahora saben que no podremos encontrar palabras para explicarlo, que seremos torpes amantes sin retórica cierta ni motivos sensatos. No hay remedio, estamos perdidos. Al fin.
...
El silencio es un bisturí, a veces una guadaña, por eso nos pasamos la vida inventando ruidos para acallarlo, por eso las palabras, la música, el murmullo incesante de nuestros pensamientos, incluso los sueños. Conozco a personas que no paran de hablar por miedo al vacío. Otras, en cambio, son insoportables por su silencio. Sin embargo, no hay nada tan hermoso como el brillo de una mujer ensimismada.
...
Ayer vino a verme. Me dijo: sólo quiero conocerte. Pero en qué puedo ayudarle, le pregunté. En nada, respondió. Durante años he pedido ayuda a los políticos de este ayuntamiento; ahora me la han ofrecido, pero ya no la necesito. Mañana parto para Madrid. Traía un recorte de periódico con mi foto y unas palabras que dije sobre la política y la ética. No entiendo, ¿sólo viene a conocerme? Así es, aseguró. Tengo cáncer de páncreas. Acabo de plantarle este recorte sobre la mesa a la delegada de Asuntos Sociales, después de haberla puesto a parir. Entonces me ofreció lo que tanto tiempo le supliqué, pero le dije que ya era tarde, que ya no quería su piedad. Pero ¿ya no la necesita? No, voy a Madrid a morirme. Allí sé dónde me darán de comer y cobijo por las noches, hasta que llegue mi final. Sólo quería conocerte, comprobar que eres lo que pareces ser. Y no necesito más para darme cuenta: lo llevas en la mirada. Espero, de corazón, que tengas mucha suerte.
...
Llegaste cuando la función parecía terminada y el teatro llevaba demasiado tiempo cerrado, sin títeres ni actores ni actrices ni dramas ni sonrisas. Asomaste la cara por bambalinas y la orquesta empezó a tocar a destiempo, los instrumentos desafinados y el director borracho por la desidia de los malos recuerdos. Dijiste hola cuando adiós fue la única palabra altisonante conocida. Has venido con la hojarasca debajo del brazo, el cuaderno vacío, el sueño despierto y las cenizas abonando nuevos brotes y viejos juegos de primavera. Páramo y partitura, cogeré la hoz y segaremos juntos el camino. Nada que perder, que no haya perdido ya.
...
Compartimos la oscuridad, la hacemos parte de nosotros, el infierno nos une, nuestras voces se confunden, tus gestos soplan en mis oídos y mueven la llama de la única vela que nos mira. Y esos cuartetos de cuerda de Shostakovich adquieren nuevas texturas, nuevos ritmos, velados silencios que se rompen cuando me miras y veo en ti el aleph y todas las luces encerradas en un punto de tus ojos. Compartimos la oscuridad y no hay desperdicios ni años ni pasados ni remedios, y las sábanas pierden sus formas, nos abrazan en un único abrazo, nos dejan perdidos entre tantos besos desparramados, nos rompen y nos rehacen, acaban con las formas y arrasan con los miedos. Compartimos la oscuridad y dejamos de ser lo que éramos, y volvemos a ser lo que nunca fuimos. Nada es lo que parece, nunca lo ha sido, si es que alguna vez lo parecimos. No apagues del todo la luz: quiero verte como si fuese la última vez que miro, sufrir cuando despierte y esté solo, cuidar con mimo ese dolor.
...
Déjame disfrutar de esta primavera en el infierno, recuperar la canción que nunca te escribí, seguir creyendo que hay algo al otro lado de las sonrisas y los choques de mano y las sopas. Deja que olvide que el mundo entero es una cama de helechos, que crea en esta vida sin dioses ni tiranos ni jueces ni diablos. Ha pasado demasiado tiempo, al menos para mí. Mi casa, mis cosas, mis miserias y mis años son una maraña perdida en algún pliegue de la memoria, y debes saber que tirar del hilo, siquiera encontrarlo, siquiera saber que existe, ya no es fácil ni deseable. Deja que te advierta de los peligros que te acechan, de las historias que lastran mi propia historia, del silencio como habitación con vistas al interior, del desastre como regla de este juego. Luego, asiente. Dime que te atreves. Acógeme como si fuese tu mascota, coloca entre el mundo y mis ojos esa mirada nueva que tienes. Aún eres joven, me dices, y haces que mi existencia empiece de nuevo, y conviertes en peces de agua el humo de mis malos sueños.
...
Aniquilados por el fuego amigo
Llenando vacíos, cobijando frentes
Ocultándonos de la espesura gris
Cavando trincheras para el invierno
Así jugamos, así vivimos, así de despiadados
En medio de la nada reinventada
Encendida la llama del incendio
Y recogidas las velas y las derivas y los malos sueños
Que otros disfruten de sus pesadillas
Que otros rompan los moldes de hielo
Que otros sufran el síndrome de la rutina
Y el abrigo de espinas
Y las manos ciegas
De tanto cubrir espejos.
...
“...cada ciudad puede ser otra
cuando el amor pinta los muros
y de los rostros que atardecen
uno es el rostro del amor
...”
Mario Benedetti

Pequeñas cosas mal dispuestas

Aparece El grito de Munch, que fue robado hace dos años. Intermon anuncia que fallecen a diario cuatro mil niños y mil mujeres por falta de asistencia médica. Son dos noticias sin relación entre sí. O no: ambas representan la desolación del ser humano, ambas son ejemplo de lo que es capaz de hacer nuestra especie, ambas muestran las miserias de estos tiempos difíciles. Arte. Muerte.
La semana pasada, en un vuelo que vino de Barcelona, el comandante del avión comunicó a (las señoras y) los señores pasajeros que el Sevilla acababa de meter el tercer gol en la Supercopa al Barça. Lo hizo con las mismas formalidades y siguiendo el mismo protocolo con que la tripulación de cualquier vuelo de Iberia advierte sobre cómo hay que ponerse el cinturón, cómo usar las mascarillas de oxígeno o qué hay que hacer en caso de accidente aéreo. Se trataba de un partido de fútbol, acaso sólo una anécdota, pero a veces las anécdotas se parecen demasiado a los paradigmas que conforman una civilización.
Cierro los ojos y bailo al borde del tejado. Podría volar. (Radio Futura, En alas de la mentira)