Breviario
De tanto considerarme hombre de papel, de tanto empeñarme en perderlo todo, menos el tiempo, de tanto descorrer cortinas y manchar manteles, he descubierto que lo importante no está en lo que tengo, ni en lo que he perdido, ni en lo que me queda por descubrir, ni tan siquiera en esa paradoja circulante de creerme invencible. Cuando dices "tengo que irme" y no te vas. Cuando crees que te dejas algo en casa y vuelves a recorrer las habitaciones, buscando no sabes bien qué. Siempre que apareces de forma inesperada, de paso, camino de otra parte. Cuando me llamas en medio de una reunión. Cuando estoy lejos y recibo un mensaje tuyo. Cuando no me importa escribir estas palabras y sentirme cursi por hacerlo. Eso es lo importante, lo que de verdad tiene valor. Lo demás es sólo tránsito.
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Ahora sabes que en mi interior no hay redes que te salven de la caída libre, ni trapecistas que te agarren en el último suspiro, antes de romper contra el suelo. Ahora sé que te divierten las señales de peligro y la oscuridad de los bosques, caminar sobre el cable con los ojos vendados y las manos atadas en la espalda. Ahora sabemos que me amas como aman las mujeres y que te amo como se debe amar a una mujer, dando lo que esperamos sin haberlo aprendido, cayendo dulcemente en esa trampa de la que no queremos salir. Ahora saben que no podremos encontrar palabras para explicarlo, que seremos torpes amantes sin retórica cierta ni motivos sensatos. No hay remedio, estamos perdidos. Al fin.
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El silencio es un bisturí, a veces una guadaña, por eso nos pasamos la vida inventando ruidos para acallarlo, por eso las palabras, la música, el murmullo incesante de nuestros pensamientos, incluso los sueños. Conozco a personas que no paran de hablar por miedo al vacío. Otras, en cambio, son insoportables por su silencio. Sin embargo, no hay nada tan hermoso como el brillo de una mujer ensimismada.
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Ayer vino a verme. Me dijo: sólo quiero conocerte. Pero en qué puedo ayudarle, le pregunté. En nada, respondió. Durante años he pedido ayuda a los políticos de este ayuntamiento; ahora me la han ofrecido, pero ya no la necesito. Mañana parto para Madrid. Traía un recorte de periódico con mi foto y unas palabras que dije sobre la política y la ética. No entiendo, ¿sólo viene a conocerme? Así es, aseguró. Tengo cáncer de páncreas. Acabo de plantarle este recorte sobre la mesa a la delegada de Asuntos Sociales, después de haberla puesto a parir. Entonces me ofreció lo que tanto tiempo le supliqué, pero le dije que ya era tarde, que ya no quería su piedad. Pero ¿ya no la necesita? No, voy a Madrid a morirme. Allí sé dónde me darán de comer y cobijo por las noches, hasta que llegue mi final. Sólo quería conocerte, comprobar que eres lo que pareces ser. Y no necesito más para darme cuenta: lo llevas en la mirada. Espero, de corazón, que tengas mucha suerte.
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Llegaste cuando la función parecía terminada y el teatro llevaba demasiado tiempo cerrado, sin títeres ni actores ni actrices ni dramas ni sonrisas. Asomaste la cara por bambalinas y la orquesta empezó a tocar a destiempo, los instrumentos desafinados y el director borracho por la desidia de los malos recuerdos. Dijiste hola cuando adiós fue la única palabra altisonante conocida. Has venido con la hojarasca debajo del brazo, el cuaderno vacío, el sueño despierto y las cenizas abonando nuevos brotes y viejos juegos de primavera. Páramo y partitura, cogeré la hoz y segaremos juntos el camino. Nada que perder, que no haya perdido ya.
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Compartimos la oscuridad, la hacemos parte de nosotros, el infierno nos une, nuestras voces se confunden, tus gestos soplan en mis oídos y mueven la llama de la única vela que nos mira. Y esos cuartetos de cuerda de Shostakovich adquieren nuevas texturas, nuevos ritmos, velados silencios que se rompen cuando me miras y veo en ti el aleph y todas las luces encerradas en un punto de tus ojos. Compartimos la oscuridad y no hay desperdicios ni años ni pasados ni remedios, y las sábanas pierden sus formas, nos abrazan en un único abrazo, nos dejan perdidos entre tantos besos desparramados, nos rompen y nos rehacen, acaban con las formas y arrasan con los miedos. Compartimos la oscuridad y dejamos de ser lo que éramos, y volvemos a ser lo que nunca fuimos. Nada es lo que parece, nunca lo ha sido, si es que alguna vez lo parecimos. No apagues del todo la luz: quiero verte como si fuese la última vez que miro, sufrir cuando despierte y esté solo, cuidar con mimo ese dolor.
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Déjame disfrutar de esta primavera en el infierno, recuperar la canción que nunca te escribí, seguir creyendo que hay algo al otro lado de las sonrisas y los choques de mano y las sopas. Deja que olvide que el mundo entero es una cama de helechos, que crea en esta vida sin dioses ni tiranos ni jueces ni diablos. Ha pasado demasiado tiempo, al menos para mí. Mi casa, mis cosas, mis miserias y mis años son una maraña perdida en algún pliegue de la memoria, y debes saber que tirar del hilo, siquiera encontrarlo, siquiera saber que existe, ya no es fácil ni deseable. Deja que te advierta de los peligros que te acechan, de las historias que lastran mi propia historia, del silencio como habitación con vistas al interior, del desastre como regla de este juego. Luego, asiente. Dime que te atreves. Acógeme como si fuese tu mascota, coloca entre el mundo y mis ojos esa mirada nueva que tienes. Aún eres joven, me dices, y haces que mi existencia empiece de nuevo, y conviertes en peces de agua el humo de mis malos sueños.
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Aniquilados por el fuego amigo
Llenando vacíos, cobijando frentes
Ocultándonos de la espesura gris
Cavando trincheras para el invierno
Así jugamos, así vivimos, así de despiadados
En medio de la nada reinventada
Encendida la llama del incendio
Y recogidas las velas y las derivas y los malos sueños
Que otros disfruten de sus pesadillas
Que otros rompan los moldes de hielo
Que otros sufran el síndrome de la rutina
Y el abrigo de espinas
Y las manos ciegas
De tanto cubrir espejos.
Llenando vacíos, cobijando frentes
Ocultándonos de la espesura gris
Cavando trincheras para el invierno
Así jugamos, así vivimos, así de despiadados
En medio de la nada reinventada
Encendida la llama del incendio
Y recogidas las velas y las derivas y los malos sueños
Que otros disfruten de sus pesadillas
Que otros rompan los moldes de hielo
Que otros sufran el síndrome de la rutina
Y el abrigo de espinas
Y las manos ciegas
De tanto cubrir espejos.
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“...cada ciudad puede ser otra
cuando el amor pinta los muros
y de los rostros que atardecen
uno es el rostro del amor...”
Mario Benedetti
cuando el amor pinta los muros
y de los rostros que atardecen
uno es el rostro del amor...”
Mario Benedetti
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