Emocionario
(He encontrado este texto en mi ordenador. Lo escribí la misma noche en que fuí elegido como candidato. Advierto que no es políticamente correcto, pero estoy seguro de que quienes lo vais a leer no lo tendréis en cuenta para fines indeseables).
21.02.2006
De mi padre he aprendido a contener las emociones. Una herencia mestiza, porque procede, al mismo tiempo, de lo que llevas pegado en los genes y de la visión del comportamiento humano cotidiano, sobre todo en las situaciones comprometidas. Por tanto, ni es una ciencia exacta, ni lleva manual de instrucciones, ni se consigue aplicando una técnica concreta y universal.
Tampoco es infalible, al menos en el caso de mi padre y en el mío propio.
En la asamblea de hoy, donde he sido elegido como cabecera de lista para las elecciones municipales del año próximo, Juanfran nos ha sorprendido con un discurso, roto en lágrimas, dedicado a Carlos. Eran tantas las cosas que quería expresar que, aunque apenas logró esbozarlas, todo el mundo supo entenderlas, porque en este Partido las emociones nunca han corrido separadas de las ideas, algo que ya apuntó una vez Manolo Benítez al hablar de las diferencias entre la izquierda y la derecha. A Juanfran le ha pasado con Carlos lo mismo que a Juan Antonio con Martha: desbordado de tinta, no se consigue achicar el tintero con una sola pluma y un solo papel.
Tal vez por eso prefiero resguardarme en la soledad templada de la escritura a la valiente tarea de hablar. Es una de mis técnicas para no caer en el abismo sentimental, igual que escurrir el bulto, es decir, cambiar de tema, bromear sobre algo serio o permanecer callado y sonreír. Confieso que no me engaño, que estoy amasando un concepto muy cercano a la pura cobardía y que, además, tiene efectos colaterales y secundarios, porque las emociones que nos golpean a diario, unas más que otras, no se filtran con la digestión y se convierten en inocuas. Pasan factura. Por ejemplo, cuando reprimo las muestras de cariño a la gente que quiero, cuando me muerdo las ganas de abrazar o de besar a amigos y amigas, cuando silencio frases que me corretean por las paredes del cerebro, buscando un resquicio natural para salir, y acaban muriendo asfixiadas por pura inanición. Me ha ocurrido hoy mismo, cuando José Manuel insistió en que dijese algo al final de la asamblea, y todo lo que llevo masticando durante semanas ha acabado desaguando al calor de una cerveza y unas cuantas tarvinas en la peña carnavalesca de Ibarburu.
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