Mentalismo
Un día intenté escribir del revés. Lo hice como un juego de riqueza mental, empezando por lo más sencillo para ir complicando cada vez más la práctica. Primero probé con las palabras de dos sílabas, cambiándolas de sitio: mora, en vez de amor; saca, en vez de casa; roce, en vez de cero... y así. Poco a poco fui comprobando que muchas cosas cambiaban de sentido, dejaban de ser lo que hasta entonces eran; pero no le di importancia, porque sólo era un juego.
Conforme pasaba el tiempo, iba haciendo más y más esfuerzos por aumentar el número de sílabas, lo cual supuso no ya cambiar la dirección del lenguaje, sino algo aún peor: perderlo, perderme intentando encontrar un significado que era inútil buscar, porque nadie lo había inventado y porque la vieja fórmula matemática que habla de un mismo producto cambiando el orden de los factores no era aplicable al alfabeto. Pero si bien es cierto que decir "molistamen" es no decir nada en castellano, inglés o francés, y aparece subrayada en rojo si lo escribo en word, tal vez sí sea algo esencial en alguna lengua africana o asiática, por ejemplo. Quién sabe, me dije, si hasta la palabra word, que es precisamente el nombre del programa que uso para escribir en el ordenador, aparece subrayado en la pantalla cuando tecleo las letras...
Esa incongruencia de la realidad me animó a seguir con mi esfuerzo, a pesar de que ya no me conformaba con jugar en mi mente, sino que, de vez en cuando, se me ocurrió soltar alguna de esas nuevas formas de expresión en alguna que otra conversación. Incluso llegué a dar un paso más, abandonando el cambio de sílabas y hablando rigurosamente del revés letra a letra, (artel a artel), hasta que llegué a tal dominio del nuevo idioma que ricé aún más el rizo: un buen día empecé a pronunciar, en sentido inverso, desde la última letra de cada frase hasta la primera.
Semejante locura terminó, como podrás imaginar, cuando me di cuenta de que no sólo la gente ya no me comprendía, sino que yo tampoco entendía a los demás. Me convertí en un apátrida, en creador de una tierra de nadie, en un profanador de la comunicación humana, en un animal. Había llegado a tal punto, que el idioma de toda la vida había dejado de existir, y tuve que aprenderlo de nuevo. Es obvio que lo he conseguido, porque de no ser así no podría escribir esto. He vuelto a confundirme entre el todo, he vuelto a ser parte del redil domesticado. Sin embargo, aquella sensación que disfruté entonces, la de ser uno y único, ha desaparecido.
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