5.9.06

No mires a los ojos de la gente

El término adicción (no-dicción) lo aplicamos frecuentemente a las drogas, la cafeína, el tabaco o el alcohol. Pero el exceso de palabras o silencios también lo es. Somos adictos los que buscamos, los que necesitamos. Pasa con internet, con la política, con el sexo (muchos menos de lo que parece o de los que dicen serlo) o con la música. También con las personas que endiosamos.
De todas las formas de adicción que conviven con el ser humano, la rutina es la más importante. A veces, también, la más dañina. La rutina como hábito, como forma de desenvolverte ante lo cotidiano, que suele ser juez y parte en aquélla, que convierten nuestras agendas y diarios en fotocopias de la misma página. No estoy convencido de la certeza que pregonaba Og Mandino sobre las rutinas positivas, que están muy bien si quieres ser el mejor vendedor del mundo pero no tanto si lo que pretendes es desarrollarte como una esponja, con ojos caleidoscópicos y manos abiertas. Una persona adicta al trabajo suele ser excluyente e irritable. Una persona adicta a la política puede acabar siendo sectaria. Una persona autoadicta (esa que opina que egoístas son los demás, que no piensan en ella), aparte de sufrir la desgracia del narcisismo, es peligrosa como nada en el mundo.
Lo malo de todas estas dependencias es que generan placer y que éste, del que solemos carecer por nuestra forma de ser y estar, necesita sus persecuciones y protocolos de apareamiento continuos. Como se dice del dinero, el placer busca el placer, es insaciable. Es, en suma, otra adicción, lo cual demuestra que no tenemos remedio.