Persiguiendo sombras
Cuando aprobé 3º de BUP mis padres me regalaron un teclado, de esos que mi amiga/jefa Marta llamaría “una pianola”. Estoy hablando de principios de los ochenta, o sea, cuando tener un teclado de coste modesto se parecía demasiado a tener un juguete. Pero yo, con 16 años, creía que iba a ser Jean Michel Jarre, y me ponía a grabar cosas y a mezclarlas en mi equipo de música Pioneer que, mira por dónde, sigue siendo el mismo que tengo ahora. El problema era que oía tanto al megalómano músico francés como a Chopín o Beethoven, y lo que me salía de dentro no era tan espacial como melancólico, triste, casi deprimente... vamos, lo que le podía salir a un adolescente que llevaba su carpeta de clase forrada con el Quijote de Gustavo Doré, cabalgando por las tierras manchegas con una lanza que, en su punta, tenía una ondeante bandera de la Unión Soviética de Gorbachov. En fin, ése era yo.
Como yo no sabía tocar con destreza, grababa primero la mano izquierda y luego la mezclaba en el casete con la mano derecha (al tiempo me enteré que los de Depeche Mode también hacían esas cosas). El resultado, con tales medios, se puede imaginar, pero lo cierto es que muchas de aquellas ideas sonoras se me quedaron mejor grabadas en la cabeza que en aquellas cintas que dedicaba a las chicas de las que me enamoraba e idealizaba como si fuesen mis Elisas, Magas o Audreys particulares.
Hace unos días conseguí el último disco de Ms. John Soda. Y en la canción que lo cierra, Plenty of, me encontré calcado en una de mis melodías adolescentes. Era igualita: las mismas notas, la misma amargura. Más de veinte años después, alguien que no soy yo había conseguido poner letra y música a una de mis asignaturas pendientes en la memoria. Alguien había atrapado antes que yo una de esas sombras a las que durante tanto tiempo he estado persiguiendo.
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