Pásalo
Una vez, hace mucho, oí esta frase en un programa de Radio 3: “La dictadura no acaba cuando llega la democracia, existen pequeños fascismos que no necesitan grandes campos de concentración”. La he mencionado en muchas ocasiones, y la repito aquí ahora.
La dictadura de las pequeñas cosas tal vez no mate, pero corroe. Su daño no te lleva a la cárcel ni produce tortura física, pero enferma cada paso que das por la vida, es una especie de prisión interior que cambia tu percepción de todo lo que te rodea. Su virulencia no hace sangre, pero sí agrieta la conciencia y crea ansiedad y contradicciones y falta de credibilidad en el ser humano.
Quienes me conocen bien saben que me duele decir estas cosas, pero es el momento de decirlas, aunque me duelan. Hay que acabar con estos como sea. Y digo como sea, incluso con la venda puesta y la nariz tapada, incluso poniéndoles buena cara y sonriéndoles y diciéndoles aquello de “lo estás haciendo muy bien, muy bien”, incluso desconfiando de mí y de los otros y de los de más allá. Basta de resignaciones y de lamentos, basta de creer que no es posible arrancar de cuajo este cáncer. Hay que botarlos, de una vez por todas. Esta es la consigna, una consigna sin nombres ni apellidos ni siglas ni ideologías. Aunque sólo sea por higiene. Hay que botarlos. Hay que botarlos. Hay que botarlos. Pásalo.
0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home