Benito
Era tratante de burros, allá por los años 30. Vivía en una choza de Morón, y solía llevar siempre una vara con la que azuzaba a los animales para encauzarlos por los caminos. Después de la guerra civil se mudó a una calle anexa a los cuarteles de caballería y artillería que están junto a la actual SE-30, desde donde enfilaba a sus burros para venderlos en Sevilla. En cierta ocasión, tuvo la mala suerte de darse con la vara en un ojo.
El ojo de Benito no se cerró, ni se lo quitó médico alguno... simplemente se le quedó seco como un pedazo de esparto. Cuando nació mi amigo Paco, a su padre, que también se llamaba Paco, apenas le quedaron nombres en su lista: ya había tenido un montón de hijos, todos con los nombres de sus progenitores, sus abuelos maternos y paternos y sus tíos. El día que se plantó delante del cura y éste le dijo que pensara en algún nombre de algún familiar a la hora de registrar al nuevo retoño, sólo le quedaba uno: Benito, el nombre de su hermano, el del ojo seco.
- Le pondré Francisco.
- Pero si ya tienes una hija que se llama Francisca.
- Me da igual, le pongo Francisco antes que Benito. Benito da mal fario.
Benito murió años más tarde, pero su recuerdo queda en uno de los más populares dichos sevillanos. Y su heredero, mi amigo Paco, sin pedir derechos de autor...
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