2.10.06

Blue Monday

Leonor Watling protegía a mi gato de los disparos de Tom Waits. Juro que es cierto, y que el salón de mi casa estaría ahora como los pasillos del hotel de El Resplandor de no ser porque el viejo había llegado borracho y lo único que logró cargarse fue la cabeza de Alain Delon en mi disco de The Smiths.
- A fin de cuentas ya estaba muerto, me dijo Tom cuando volvió en sí, mientras Christina Rosenvinge salía del cuarto de baño con mi cepillo de dientes y preguntando qué pasaba con tanto alboroto.
- Nada, dijo mi gato, que éste ya no sabe dónde encontrar la inspiración para sus canciones.
- Podrías haberme ahorrado el trabajo, apuntó Ian Curtis, que estaba desayunando con los padres de Gail, la chica guapa de Trainspotting.
- ¿Otra vez con el cepillo de dientes de éste? dijo Ray Loriga, aún nervioso por algunas respuestas inesperadas de su mujer en el programa de la otra noche. “Éste”, obviamente, era yo. Ray me trataba así desde que le dije que cada vez se parecía más a Antonio Vega.
Eran las siete menos cuarto y el cuarto de baño seguía ocupado y mi salón era una especie de escenario donde sólo faltaba el enano del final de Twin Peaks. Tom Waits, enchufado a la botellita de whisky que me regalaron en la boda de Pedro y Rocío, se estaba quedando dormido en el sofá mientras intentaba encontrar su megáfono, sin éxito.
- No le digas que se lo llevó Einar, me susurró Juliette Binoche, que venía de la cocina con una bandeja llena de croissantes y crêpes. Ella fue, comme d’habitude, la única que me dio un beso de buenos días en medio de aquella locura.
- ¿Einar, quién es Einar? le pregunté.
- Es el loco ese que vociferaba con la Björk en The Sugarcubes, respondió Leonor, sin dejar de acurrucarse a mi gato.
- ¿Y qué hace él aquí, si se puede saber? interrumpió el enano de Twin Peaks, que apareció de repente por el simple hecho de que yo no dijese más que era lo único que faltaba para completar el cuadro.
- Quién sabe, tal vez buscara al quinto beattle para un suicido colectivo, bromeó Ian Curtis.
- Shhhh... no habléis tan alto, que Tom se va a despertar, volvió a susurrar Juliette.
- ¿Y quién está en el aseo? pregunté en voz baja. Que yo soy el único que entra a trabajar a las ocho.
- No sé, mi amor, me dijo Gail bostezando ante la mirada indiferente de sus padres, enfrascados con Curtis en una tesis acerca de cómo los New Order pasaron de Atmosphere a flirtear con Pet Shop Boys y Johnny Marr en Electronic.
- ¿Tienes sueño, Gail? pregunté a la escocesa, que aún seguía siendo menor de edad.
- Sí, respondió, ¿te importa que me acueste en tu cama, si está libre?
- Sin problemas, le dije, pero ¿por qué no iba a estarlo?
- No sé, vamos a ver...
Caminamos los dos hacia mi cuarto, ella se tumbó en un extremo y miró el reloj de la mesita de noche.
- Son las siete, ¿a qué hora te vas?
- Entro a las ocho, ¿por qué?
- Tienes tiempo, hombre, y el baño está ocupado, así que túmbate un ratito a mi lado.
Acepto a regañadientes (pura pose) y pongo la cabeza sobre la almohada hasta que un instante después, sólo un instante después, Najwa Ninri me toca el brazo y me dice: “Abre los ojos”.