15.10.06

El hombre que soñó con ser Groenlandia

Un día como hoy, en el que hasta el emule parece sufrir la espantá de la romería, abro el periódico y leo la entrevista que me hizo José Mª de la Hera para Diario de Sevilla, embadurnado por la gravedad cero de la voz de Sophie Michalitsianos (Sol Seppy, “The Beells of 1 2”). En el Baker Street estoy solo y la única velocidad pervive en las motos de la televisión y en el retruécano del anuncio de Alcocer que ha aparecido esta semana en los periódicos locales. En la sede me acompañan Christina Rosenvige y la Christine que abre el disco de The House Of Love. Y Marisol me recuerda que tal vez eso de mezclar los experpentos con los alcaldables no es una buena idea ética. Y mis amigos bromean con que no saben si fue primero el huevo del político que aprovecha para vender sus canciones o la gallina del músico que barre para su candidatura. Y, para mayor inri, meto el dedo en el ojo del huracán con la cosa esa de ser el nuevo morillas de la coyuntura local.
Un día como hoy, en el que uno piensa que a lo mejor teníamos que haber convocado una quedada de todas y todos los avalmistas/avalmeros para meterle fuego a todos los clichés de esta ciudad puritana y cainita, reconciliado conmigo mismo por sentirme nada y único y parte de la vida de los demás, que a su vez son mi parte y todo aquello que creo único y que nunca podré describir con un teclado donde faltan signos y sobran esas ganas de vivir y amar que nunca están de más. Y los ligaitos del Soberao de la noche pasada se entremeten en los pliegues de mi cerebro y adormecen mis sentidos y enternecen mis sensibilidades, igual que azúcar derramada.
Y no sé si soy más humano por ser tan simple o más simple por ser un simple humano, cuando el secreto de ambos conceptos tal vez esté en la simpleza de no pensar y sólo ser y respirar en el mundo y flotar en él como un iceberg.