8.10.06

A horcajadas

Es curioso eso de levantarse un domingo con ganas de escuchar a Matmos y querer ver Las partículas elementales. Tener mono de eclecticismo después de una noche de palabras y gestos más o menos reafirmantes no deja de ser un síntoma de algo, no sé bien qué, pero algo. Y querer ver cine basado en uno de los más chirriantes tratados de antiética de Houellebecq, ni hablamos.
Veo los títulos del disco The rose has teeth in the mouth of a beast, (robado de una de las investigaciones filosóficas de Wittgenstein y que, si no me equivoco, significa algo así como “la rosa tiene en la boca dientes de una bestia”), leo que el común denominador de todos ellos es que están dedicados a artistas homosexuales (el propio Wittgenstein, W. S. Burroughs, Patricia Highsmith...), que, junto a temas de apariencia pretenciosa y con tintes que van de la música clásica al Kronos Quartet o del funk al noise, hay palabras al estilo Laurie Anderson o sonidos de útero de vaca (sic), en fin... ¿qué pasó la noche del domingo para que no sea capaz de parar mi iTunes y me sienta como un lobo solitario en Beaubourg?
Me quedo con una frase de Antonio: “perdonad, pero es que yo soy muy radical”. Me lo ha dicho en las dos ocasiones en que hemos hablado, una en la boda y otra en Wasabi. En ambos casos se refería a su concepción de la música, cosa que se agradece, porque uno está demasiado acostumbrado a oír a personas que confunden lo radical con lo ignorante (nuestra ciudad es paradigma de ello) y, al menos en su caso, tiene más relación con el cuestionamiento de todo, incluso de la mitología particular de cada cual (la frase de anoche enganchaba con mi adoración por Christina Rosenvinge), algo a lo que yo suelo recurrir mucho cuando hablo de mí mismo y bromeo sobre mis propios mitos (aunque en ocasiones no se note: ayer dije “sólo en Francia le pueden publicar a uno un libro” y me estaba burlando de mi carácter de afrancesado).
Coser los sonidos concretos de Matmos con Las partículas elementales de Houellebeqc, está claro, tiene un sentido en el propio hecho de moverse al filo de la navaja. Si te caes para un lado, acabas convirtiéndote en un cliché de la moralidad / de la música. Es entonces cuando un comunista, por ejemplo, se deja crecer los bigotes de Stalin y termina por justificar lo injustificable, desde las penas de muerte de Fidel Castro hasta las patochadas de Hugo Chavez. También vale para la música (no voy a poner ejemplos, pero pongamos que el mesianismo de U2 daría el pego). Y si te caes para el otro lado, lo mismo te vuelves tan raro que tú mismo eres un pastiche despatarrado, te conviertes en la contradicción pura y dura (y te permites la cara dura de presumir de ello) y terminas como uno de esos pintores modernos que dan dos brochazos primero y luego le buscan el significado a la obra. Por eso lo interesante, como dijo Kieslowski de la búsqueda, es estar justo en el filo de la navaja, correr el riesgo de cortarse las plantas de los pies y, sobre todo, no tener miedo a poner en tela de juicio tus afirmaciones y tus miedos, ser correctamente político (no al revés) y dejar, de una vez por todas, de pensar que todo en la vida es blanco o negro.
Dicho lo cual, acaba el disco de Matmos y me pregunto, contrariado, qué es lo que he que querido contar aquí exactamente. Tal vez esta noche, después de ver la película, encuentre la solución. Mientras tanto... Lisa Germano me susurra al oído que el mundo del quizás (In the maybe world) es que quizás te parta un rayo al salir a la calle o que un cáncer terminal no termine contigo. La tarde de domingo a horcajadas tiene estas cosas.