Ilusos
Ayer por la mañana salió el arco iris muy cerca de mi oficina. Haciendo el cálculo, más o menos parecía partir del puente del Centenario y acabar en una finca cercana, donde suele haber caballos al amanecer. Tenía su reflejo óptico en otro algo más difuminado, de esos que se quedan a medias, sin principio ni final, on the road, tal vez desprendido de su hermano mayor. Éste se veía perfectamente, casi se distinguían los trazos de cada uno de sus colores, como si alguien los hubiese dibujado y puesto ahí, delante de un fondo de nubes rasgadas, grises y blancas. Mi jefe y yo nos quedamos un rato en la puerta, mirando la cosa como si pudiéramos coger el coche y plantarnos debajo de una de sus patas en un par de minutos. Fue un momento extraño, porque sabíamos que eso era imposible, que el arco iris siempre iría avanzando y nunca lo alcanzaríamos o, tal vez, cuando estuviésemos a punto, desaparecería. Es algo parecido a creer en ciertas utopías, pensé.
Sin embargo, por la noche, camino de Los Palacios, la luna se abría paso entre las nubes como una tajada de melón brillante, igual si el arco iris de la mañana hubiese alcanzado la plenitud en medio de la oscuridad. Entonces me di cuenta de que tal vez nunca alcance la utopía plena, pero que sólo persiguiéndola con todas tus fuerzas podrás logran muchos de esos sueños que tienes y que otros, por creerlos imposibles, ni siquiera hacen el intento.
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