11.10.06

Orgullo y prejuicio

Anoche, en la Cadena Ser, un tertuliano de esos que saben de todo o por lo menos tienen opinión de todo, preguntó qué haría Bono si fuese alcalde de Madrid con la ayuda de “los comunistas”. No dijo Izquierda Unida, que es la que se presenta a las elecciones y que acoge a socialistas, comunistas, ecologistas y gentes de diferentes culturas, todas de izquierdas, pero no todas del PCE. O sea, que lo de “comunistas” iba con mala leche, una especie de insulto que ya utilizaba Felipe González cada vez que pretendía lanzar sobre nosotros las piedras del muro de Berlín. También Toscano lo ha usado alguna vez, en algún pleno, para rebajar a Carlos por su condición de rojo: “Usted debería ser consciente de su soledad comunista”, le dijo, a lo que mi amigo respondió “comunista, sí, y a mucha honra”, como es evidente.
Utilizar el término comunista en plan humillación es tan malo como usarlo igual que si fuese una marca. Hay camaradas míos (pónganse todas las comillas precisas a estas dos palabras) que llevan la camiseta de Stalin, vestido de gala militar, y que se sienten orgullosos si los llamas stalinistas. Suelen ser jóvenes, de esos que cuando maduran acaban en el PSOE (hay cientos de ejemplos sobre eso), que es un partido stalinista “de método”, que elige a sus candidatos a dedo, como está hablándose ahora de Bono, sin elecciones en asambleas ni consultas a las bases.
Ser comunista equivale a creer en la emancipación de las mujeres y los hombres, en que sean capaces de decidir unidos sobre el destino de la humanidad, en propiciar la supremacía de lo colectivo, lo igual, lo solidario, lo libre. Cualquier régimen que se ha etiquetado hasta ahora como comunista ha fallado siempre en alguno de estos objetivos, pero eso no convierte a la idea en un error, sino sólo a las personas que las han llevado a cabo.
Por eso los crímenes que se han cometido y se cometen en nombre del comunismo no son míos. Los criminales que matan y torturan en nombre del comunismo no son comunistas, ni mucho menos mis camaradas. Los regímenes totalitarios de ayer y hoy no son comunistas, por mucho que estuviesen sus siglas al frente de los gobiernos. Yo soy comunista, ellos no. Los vietnamitas de la bomba atómica no son comunistas, yo sí. Y creo que lo mismo deberían decir quienes se sienten partidarios del capitalismo (aunque éste, por definición lógica, nada tiene que ver con los valores humanistas que yo defiendo) y no se sienten representados por los mayores stalinistas capitalistas del mundo, Bush o Putin, que son capaces de usar el término democracia y quedarse tan panchos. La reciente muerte de la periodista rusa Anna Politkóvskaya, feroz crítica de las atrocidades del gobierno de Moscú en Chechenia, o la de José Couso y Julio Anguita Parrado en Irak, son muestras de que el fascismo y el stalinismo son uno y no necesitan más adjetivos.