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Pones una estantería nueva para meter los cedés que tienes desperdigados por la casa y piensas que puedes ordenarlo todo en un rato. Qué soberano error. Los amontonas en el suelo y elucubras sobre cómo colocarlos, si por orden alfabético o por estilos o por accesibilidad (los que más escuchas, a la mano, y los que menos, abajo), hasta que te das cuenta de que tienes un desgarrón de tu vida en cada uno de ellos. Para colmo, la desgracia de comprobar que el primero que coges es The queen is dead, y que debajo están los de Shostakovich y que debajo de éstos está Un agujero en el cielo, de los Esclarecidos. O sea, un catálogo de sentimientos pasados que nunca se han desprendido del todo. Haces de corazón tripas y los vas limpiando y ubicando en un orden que no es el previsto. Cuando los tienes todos delante, bien puestecitos sobre su nuevo hogar, compruebas que dos tercios son de pop-rock y el otro tercio es de clásica, que el autor del que más discos tienes es Beethoven, que una parte de mi existencia estuvo abrumada por la new age y otra por Grabaciones Accidentales y otra por 4AD y otra por Rough Trade y otra por Nonesu y otra más, la primera tal vez, por discos que no salen en cd pero sí están en otro recodo de mi casa, un cajón lleno de casetes y un apartado repleto de vinilos. Ahí están guardados algunos de los más viejos momentos de lo que ahora soy, aunque casi nada me quede de aquella Electric Light Orchestra o The Alan Parsons Project, qué tiempos aquellos.
Pones una estantería nueva en casa para meter los cedés y lo que estás ordenando, en realidad de la verdadera de la buena, eres tú. Lo que haya pasado desde que me gasté 600 pesetas con 13 años en mi primera casete original, la soundtrack de una película que ahora me da risa (Xanadu), hasta el último disco que compré por 13 euros en la FNAC (The life pursuit, de Belle and Sebastian), sólo yo podría contarlo, pero me doy cuenta de que mi vida no tendría nada de particular si no fuese porque es mi vida, la que nadie nunca ha vivido ni vivirá por mí, la que, larga o corta de futuro, es la única que he tenido, tengo y tendré. Y en esa estantería nueva, junto a las otras que ya están ocupadas por música, se muestra mi banda sonora. No es poco ni mucho: sólo soy yo.
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