22.2.07

Cosas que hacen que me sienta bien sin necesidad de saltar de alegría (y a pesar de ello, debería)

Que por las mañanas mi jefe me reciba con una sonrisa, que en el ayuntamiento todo el mundo me salude con una sonrisa y que por la noche llegue a casa y lo primero sea un beso y una sonrisa.
Que tenga amigos que son periodistas y que haya periodistas que son amigos.
Que me llamen por teléfono para felicitarme por tal o cual cosa que he escrito-dicho.
Que reciba correos electrónicos dándome-pidiéndome-mostrándome ánimo personas a las que no conozco de nada, y responder a sus correos.
Que la gente piense que soy lo que tal vez no sea del todo pero sí quiero ser e intento serlo a cada minuto de mi vida y de la vida de los demás.
Que moon siga con su blog recordándome canciones de hoy, ayer y siempre y que, encima, me recuerde el ayer con una sensación distinta a la de ayer, porque todo el ayer, cuando se recuerda hoy, siempre tiene un regusto distinto.
Que haya muchos etcéteras a esta lista y que lo dicho hasta ahora sea sólo el nombre de un pequeño callejón de esta Ciudad Interior.
Y también:
Mirar de vez en cuando esa entrada para el concierto de Yann Tiersen.
Escaparme diez minutos del trabajo para merendar café con leche y palmera de chocolate.
Seguir tarareando, sin darme cuenta, canciones de Esclarecidos.
Repasar los blogs y saber qué hay dentro de ellos y quiénes están detrás de ellos e imaginar a quienes los escriben mientras están escribiendo.
Llegar al Monkey y que esté sonando el último disco de Trentemoller que les llevé hace unas semanas.
Y por último, sin ser lo último ni ser lo único que me queda por contar aquí:
Darme cuenta de que si me pongo a sumar los minutos que transcurren a lo largo del día en cosas que hacen que me sienta bien sin necesidad de saltar de alegría (y a pesar de ello, debería) resulta que al final, si descuento el tiempo que paso durmiendo, me salen casi tantos minutos como los que dice que tiene el día el anuncio ese que ponen en la tele.

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13.2.07

Sensaciones oceánicas

Creo que sobre eso comenté algo hace poco a Moon. No sé si es por la edad (aunque suele ocurrir lo contrario) o por miopía (en mí sería hipermetropía) o, si acaso, porque las neuronas se me han ablandado al mismo ritmo ceniciento de mis canas.
Pero la cuestión es que me pasa, cada vez más y con más, digamos, necesidad.
Recuerdo que la primera ocasión fue cuando estuve en Jaén, hace un par de años. Me encontraba tomando mi café de sobremesa junto a la cristalera del bar, viendo desde dentro a la gente pasar por la acera, la mayoría con prisas. Ya me ocurría (y es uno de mis grandes secretos que, hasta ahora, sólo conocía una persona) cuando veía a la gente comer, y nunca le he encontrado una explicación. No sé si es una debilidad congénita o si soy un ridículo sensiblero de esos que se camuflan detrás de una fachada de aparente frialdad, o las dos cosas a la vez, o las dos cosas a la vez y unas cuantas más que se me escapan.
Ya digo, la primera vez fue entonces, y desde entonces la sensación se repite con más frecuencia, en cualquier parte, cuando menos me lo espero, con cualquier persona, incluso cuando estoy solo en casa y me pongo a pensar en ello. No es, ni mucho menos, una cuestión que me desagrade, más bien todo lo contrario, aunque preferiría no caer en tipismos ni, en absoluto, en confusiones al más puro estilo Begnini de La vida es bella. Supongo que tiene que ver, y no es otra cosa que un suponer, con mi forma de entornar los ojos, porque creo que eso influye también en el resto del cuerpo, incluso en ese resto de mi cuerpo que no es físico, sino químico. Es como si también se me entornara la mirada interior, no sé si me explico.
Vamos, que lo llevo encima, tal vez como una bendición, porque me hace sentir bien. Creo que sobre eso comenté algo hace poco a Moon, pero si no lo hice, debería haberlo hecho.

10.2.07

Cortezas

Es cierto: a veces parecemos personajes hieráticos. Nos cuesta dejar abiertas esas grietas que todos tenemos, que fluyan hacia el exterior, porque las emociones más puras son como el azúcar; porque cuando caen, desprevenidas, se extienden por todos los lados. No somos, o al menos yo no, como el tipo del anuncio que regala abrazos, y si alguna vez se abre la espita, suele ser succionada y provocar derrames interiores.
Porque aquí dentro, eso sí, las paredes están hechas de hormas de zapato, de muchos zapatos de muchos colores y materiales, pero del mismo gas. Y tenemos excusas: la educación, el savoir faire, el espacio vital, la compostura... prejuicios, claro, mayores cuanto más cerca de la piel ajena.
Digo todo esto porque el último desgarro de mi entraña se llama Trentemoller y no encuentro la manera de conseguir que te enteres y lo sepas. Porque soy como esos árboles nórdicos en medio de una niebla: vida dentro de la corteza, soberbia apasionada en el bosque vacío.

5.2.07

Track List de La Ciudad Interior


1.2.07

Wheels are turning (Notice whom for)

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Bajo al parking del Arenal a la 1 y media de la madrugada y todo está desierto y el frío arañando las chapas de los coches y oyendo Ceremony a todo volumen no puedo evitar sonreir y decirme que en el fondo seré siempre un chaval de provincias.